Iconografía política

Los estudios de iconografía política siguen siendo hoy en día un campo de exploración relativamente poco abordado. Pese a que los estudios culturales y políticos así como los estudios iconográficos –relacionados fundamentalmente a la historia del arte- son marcos de reflexión sumamente fértiles y expandidos; la convergencia entre ambos no ha tenido lugar con igual intensidad. La relación entre imagen y política, no obstante, ha sido largamente reconocida y sobre todo puesta en práctica.

Más allá de algunos debates que recuperan iconografías producidas en el marco de proyectos políticos de gran envergadura (por ejemplo, los regímenes totalitarios europeos, el proyecto soviético del siglo pasado y, en el escenario local, los estudios sobre peronismo), la producción de marcos teóricos que no clausuren el sentido de dichas imaginerías es escasa y en algunos casos obsoleta o insuficiente. Entender la capacidad de las imágenes de producir sentido en el campo polivalente de “lo político” no puede sólo apuntar a un “uso propagandístico” y “manipulador” de aquéllas, como si sólo tuvieran un sentido único de circulación (o producción). Tampoco puede pensarse que el “rastreo” iconográfico sea meramente conformar una gramática de motivos reconocibles y decodificables, siguiendo una trayectoria clásica propia de la Historia del Arte.

La propuesta teórica para pensar estas imágenes se ancla en los abordajes de autores como Horst Bredekamp, Uwe Fleckner, Martin Warnke, entre otros investigadores que desde hace dos décadas realizan estudios que indagan en las estrategias de la imagen, su dimensión estético-política y los mecanismos de su puesta en escena. Horst Bredekamp señala la importancia de dejar de pensar a las imágenes como meras ilustraciones y en cambio reconocer su capacidad de hacer, volviendo a su potente concepto de Bildakt que es sumamente fecundo para pensar qué nos hacen hacer las imágenes en el campo de la actividad política. Su estudio clásico sobre el célebre frontispicio que usara Thomas Hobbes para su Leviathan (1651) es un pilar fundamental para comprender cómo desde el campo visual se configura uno social (y en este caso, político). La imagen es un acto que crea la realidad política, que funciona como estrategia de persuasión y legitimación. Bredekamp entiende que la política necesita y produce imágenes pero además se orienta por imágenes. Esta línea de trabajo retoma la senda que abriera a fines del siglo XIX y principios del XX Aby Warburg, en su constante interrogación ya no por motivos y atribuciones, remontadas a un origen primigenio, sino por la dinámica vida de las imágenes y sus activos energéticos. En este camino, se recuperan los gestos que animan la vida política de los diversos grupos sociales, las fórmulas visuales de la emoción entendida colectivamente y sus transformaciones y apropiaciones a lo largo de la historia. Una indagación por la “vida de las imágenes” propone un saber siempre abierto y centrífugo, que no se cierra disciplinariamente ni tampoco restringe los medios de la imagen a abordar. Asimismo, un abordaje iconográfico de estas características necesita de un modelo de tiempo anacrónico, tal como es el tiempo mismo de la imagen, siguiendo los aportes de Georges Didi-Huberman: las imágenes liberan signos de su época, pero también son una huella de todos los tiempos suplementarios que las han tocado.

En este sentido, la iconografía política que aquí se rescata recupera la capacidad de agencia de la imagen de generar un efecto sobre el sentir, el actuar y el pensar al estar en contacto con ella (observando, tocando, escuchando), en este caso en el marco múltiple de la manifestación de lo político.

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