Límites, fronteras y umbrales en la Edad Media

Gorka López de Munain | Marina Gutiérrez De Angelis

El mundo medieval es tan complejo como sus estratos y capas, sus espacios visibles e invisibles. La visión, la audición, el tacto se manifiestan en toda su intensa corporalidad y espiritualidad. Las terrae incognitae medievales componen las fronteras de aquello misterioso y, en ocasiones monstruoso, donde se sueña o se viaja, donde acontecen fenómenos fantásticos y donde los héroes de los relatos alcanzan la gloria o la muerte. Estos espacios geográficos imaginarios y limítrofes, como los mares, los bosques o las visiones, están atravesados por el magnético atractivo de la oscuridad y de la noche. La nocturnidad, la oscuridad del cielo, pero también del alma, no pueden sino convertirse en una geografía a descubrir, recorrer o temer. La noche y el cielo desencadenan la fascinación por los astros y su mensaje oculto, las señales para guiarse en la oscuridad o para navegar los mares distantes. Monstruos, islas misteriosas, seres y criaturas nocturnas que habitan los límites del mundo conocido, prodigios y fantasías que existen en una geografía que expande los límites de lo visible hacia el espacio de lo invisible. Porque el mundo medieval es un mundo expandido; un mundo en el que aparecen fenómenos como la teletransportación o la bilocación del sueño y de las visiones, del alma asediada, incendiada o precipitada en la oscuridad.

La noche también es un espacio liminal, categoría ampliamente desarrollada en la Edad Media y que nos permite comprender mejor cómo era esta experiencia de los límites. Las fronteras, los lugares de transición, de cambio, de transformación definen en buena medida el sentir de este período. Tanto en los gestos más prosaicos −la construcción de santuarios en los límites jurisdiccionales−, como en las vivencias más elevadas −los viajes del alma cristiana en busca de la unión con la divinidad−, se desarrolla una geografía mágica en la que el umbral delimita y une ambas esferas de la realidad. La noche, en este sentido, se presenta como una poderosa metáfora de estos múltiples instantes de transición: noche del alma en busca de la luz divina −partiendo de la oscuridad como desafío que el alma debe enfrentar para llegar hacia la iluminación−; noche oscura en la que emergen las fuerzas del mal más terrenales −bandoleros, ladrones o excluidos de todo tipo−; y, también, la noche en la que los sueños despliegan todo su poder. El mar, el bosque, el templo, el infierno o la noche son así mundos diferentes al cotidiano con sus propias dimensiones espaciales y temporales, con sus umbrales y límites. Otros mundos que habitan y respiran dentro del mundo real, expandiéndolo. Mundos con sus propias coordenadas donde tanto los religiosos −que pueden trasladarse a espacios visionados, sea el infierno o el cielo− como los viajeros, caminantes, geógrafos o marineros, se arrojan hacia espacios desconocidos más allá de lo perceptible y palpable; otros mundos que, a través de sus propios símbolos y señales, lenguajes y formas, esperan a quienes sean capaces de descifrarlos.