Visiones de lo extraño en lo familiar
Una mirada antropológica al cine de David Lynch

A primera vista puede resultar extraña la propuesta de aproximarnos a la obra de David Lynch desde la Antropología visual y de la imagen. Pero quizás sea uno de los mejores terrenos para adentrarse en su atmósfera sensorial, ambiental, inquietante y confusa. Porque su cine se arroja insistentemente a experimentar las relaciones de la imagen con el sonido, con la palabra, con los colores y por supuesto, con la música. La obra de Lynch es una exploración del medio cinematográfico pero también de otro medios de la imagen. Una expansión sensorial y visual donde la imagen es el epicentro de todos sus vibrantes movimientos y donde la palabra ambiente resuena constantemente. Ambiente es – en palabras de Lynch – el momento en que todo lo visto y oído logra producir una sensación determinada, en especial, las sensaciones que nos arrojan al mundo del sueño y sus mecanismos.

Como señala Chris Rodley1, la lógica de la narrativa convencional no se puede aplicar a este universo, empapado de una profunda incertidumbre intelectual. Es por eso que resulta sugerente la introducción del concepto de lo ominoso, que Freud define como el orden de lo terrorífico. Lo ominoso convierte lo doméstico en desconocido y de allí la incomodidad en la obra de Lynch. Es la irrupción de lo extraño en la familiar, como en el sueño o en la perturbadora aparición del doppelgänger. La vanguardia modernista también se fascinó con esta idea de lo ominoso, convirtiéndola en una categoría estética. Lo ominoso como una instrumento de “des-familiarización. De allí que el espacio ambiguo y anamórfico de los sueños y las imágenes se convierta en un territorio propicio para los experimentos de Lynch. El sueño tiene un lugar central y privilegiado en conexión con las imágenes, no sólo en el ámbito de la psicología sino también de la antropología. Como señala Belting (2007), el sueño presenta una dualidad contradictoria entre yo y mi-yo, una especie de yo múltiple que Marc Augé compara y distingue de la posesión por espíritus o antepasados, ya que en ese caso el cuerpo habla por la voz de otra persona(2). El que sueña se enfrenta al enigma de su propia imagen. Los sueños han sido un terreno misterioso y recurrente en la historia humana, así como las visiones, tan próximas al sueño o incluso manifestadas dentro de estos. Durante el sueño, el cuerpo es ocupado por imágenes y la distinción entre realidad e imaginación es superada. El cuerpo es tanto lugar como medio de las imágenes, generándose una verdadera imposibilidad de distinguir sobre el origen de éstas. Ahí es donde el cine de Lynch quiebra con cualquier dominio de la palabra y de los géneros, para guiar la manifestación del significado del sueño y de las imágenes que lo componen confusamente.

Posesiones, chamanismo y visiones se encuentran en la categoría de imágenes próximas a las del sueño y se manifiestan de modo privilegiado en Lynch. Esta duplicidad del sueño también está profundamente conectada con la imagen del doble. La fascinación por el doppelgänger, el doble andante, el doble fantasmagórico de una persona viva. El imaginario del XIX lo ligó a la imagen del lado oscuro del alma, la sombra, el gemelo malvado, la bilocación y el fantasma. En la literatura, en el cine, en la pintura, el doble se toca con los abismos de la personalidad y el sujeto, con el regreso desde el mas allá. La obra de David Lynch es el territorio preferido para la manifestación de estos fenómenos y experiencias corporales de la imagen. Un espacio donde la cámara asiste a la experiencia confusa de la fabricación de una significación en estado de posesión. Porque el mundo de Lynch es un mundo donde el medio fílmico es entendido como la conexión entre la imagen, el sonido, la palabra y el oído, una experimentación sensorial del ambiente y la confusión propias del sueño pero también de la dimensión visual. Las imágenes no pueden ser separadas de la experiencia emocional y sensorial que despiertan.

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